Aquella tarde de Mayo,
intentó envenenarla con bocados de realidad destemplados
entumecidos por la leve caricia trashumante de la nostalgia.
Ella nunca fue capaz de asimilarlos, porque siempre intentó
alejarse de sí misma enhebrando escuetos bocetos
de intimidad.
Delineando los esbozos de aquellos sueños perdidos
a modo de apósitos impermeables, con la finalidad de que
actuaran con la conveniente potencia consoladora.
Con el sano despropósito de indagar
la capacidad paliativa que le podía aportar
el ejercicio antihistamínico de su propia creación personal.
Para librarse de aquella epidemia de fatalidad
que provocaba la lejanía de esa esperanza
consecutivamente aplazada,
hasta los confines del dominio
de su consolidada paciencia.
Para desprenderse de ese lastre de antiguas heridas
en los esquejes del acento de sus palabras.
En las que vertió, sin la menor susceptibilidad,
tanta sangre, tanta vida y tanto amor propio...
Para acabar resolviendo su diálogo interior,
al negarse hasta el aire que le correspondía
en su afán de hacer acopio de melancolía,
para yacer exangüe al borde del camino;
bajo la sombra de un punto y seguido,
que no fue capaz de ser fiel a su destino.
Otto












