yace un atisbo de mueca
que no llega, ni de lejos
a categoría de sonrisa.
En el tablón de anuncios
de su corazón,
hoy cerrado por derribo,
se puede leer en una nota
que invita al destierro convenido
y la inminente demolición
que va a llevar a cabo el olvido.
En lo más hondo de su ser
bajo un manto de cenizas
reposan en calma los escombros
de una antigua pasión
condenada al exilio.
De su alma
cuelga una especie de etiqueta
que indica pausadamente,
y de manera muy escueta,
a qué sabe la ginebra
en la sala de espera
donde se pasa consulta
a esta antigua epidemia;
la capitulación del amor,
que no se vió correspondido.
Bajo una fría losa de piedra,
como línea divisoria
entre la realidad y el deseo,
reza un antiguo epitafio
escrito en la superficie del agua:
"muere de un exceso de silencio...
...ahogado en la ausencia de sus besos"
J. ángel
Yo no hablo de venganzas ni perdones,
el olvido es la única venganza y el único perdón.
(J.L. Borges)









