Esta mañana mientras dormías yo aún seguía despierto,
poco a poco saliendo del sueño he sentido tu respiración
ligera entre el pelo que te tapaba la cara. Te he visto los ojos
cerrados. He sentido cómo se me hacía un nudo en la garganta.
He tenido ganas de gritar y despertarte, porque tu cansancio
era demasiado profundo y mortal.
En la penumbra la piel de tus brazos y de tu cuello estaba viva,
y yo la sentía tibia y seca. Quería pasarle los labios por encima,
pero la idea de perturbar tu sueño y de tenerte despierta
entre mis brazos, me retenía.
Prefería verte así, como algo que nadie podía quitarme,
porque solo yo poseía una imagen tuya para siempre.
Más allá de tu rostro veía algo más claro y profundo
donde me reflejaba.
Te veía a tí en una dimensión
que comprendía todo el tiempo de mi vida.
Todos los años futuros y hasta los vividos antes
de conocerte, ya preparado para saber de tí.
Y éste era el pequeño milagro de un despertar,
sentir por primera vez que tú me pertenecías
no sólo entonces y que la noche se prolongaba para siempre,
a tu lado, en el calor de tu sangre y de tus pensamientos,
de tu voluntad que se confundía con la mía.
Por un momento he entendido cuánto te amaba,
y ha sido una sensación tan intensa
que se me han llenado los ojos de lágrimas.
Era porque pensaba que ésto no debería terminar nunca,
que toda mi vida debería ser como el despertar de hoy.
Sentirte ya no mía, si no una parte de mí,
algo que respira conmigo y que nada podrá destruir,
si no la torpe indiferencia de la rutina que veo como única amenaza.
Luego te has despertado y sonriendo aún adormecida me has besado,
y yo he sentido que ya no debía temer nada,
que nosotros siempre estaremos como en este momento
unidos por algo que es más fuerte que el tiempo y la distancia.
(Escena final de "La Notte" 1961, de Michelangelo Antonioni)
Noches en las que desearíamos
que nos pasaran la mano por el lomo,
y en las que
súbitamente se comprende
que no hay ternura comparable
a la de acariciar algo que duerme.
(Oliverio Girondo)






